I Congreso Iberoamericano redfundamentos

Reflexiones

“Sobre las diversas metodologías de investigación en arquitectura”

I Congreso redfundamentos

Diciembre 2017
Santiago de Molina

Estos días hemos tenido ocasión de debatir sobre las diferentes metodologías del actual laberinto de la investigación en arquitectura.

Cada investigación en este campo se mueve sobre un especial territorio de incertidumbres y dudas. Los estudios que transitan la historia del arte, la construcción o las instalaciones, parecen poseer una metodología ligada a una serie de disciplinas matrices desde las que reciben una forma de trabajo con fundamentos que pueden considerarse “científicos”. Sin embargo, en el campo específico de los proyectos de arquitectura y sus disciplinas afines, responder a la cuestión de la “cientificidad” se vuelve perentoria.

Vemos que cada investigación y tesis doctoral en ese campo de juego propone -de manera  encubierta o no- una forma de responder a esa cuestión de forma inédita. Sin embargo, ¿debiera ser siempre de este modo?, ¿Son las tesis doctorales de arquitectura un amplio y descomunal catálogo de excepciones? Tal vez este incesante estado de excepción se encuentre en la raíz de su propia esencia. Sin embargo, sólo las investigaciones que permiten el avance de la disciplina suelen, sensu stricto, considerarse valiosas.

Se ha debatido en estas jornadas sobre la importancia de la intuición en estos procesos. Una intuición que, curiosamente, en la arquitectura se entiende como una iluminación de partida, capaz de guiar el resto del proceso de investigación. Un destello que se identifica con el del comienzo del propio proyecto de arquitectura y que de inmediato permite asociar el proceso del proyectar con el de investigar. Si esta semejanza es la causa de un cúmulo de inseguridades es conveniente señalar la significativa semejanza que existe entre los procesos de la producción de la arquitectura y de la ciencia misma.

No encuentro mejor manera de expresar este problema de la intuición que en el modo en que lo cuenta un científico. En concreto uno que recibió un premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1965: François Jacob. Este, en su libro La estatua interior, decía: “Al revés de lo que yo había creído durante mucho tiempo, el proceso de la ciencia experimental no consiste en explicar lo desconocido por lo conocido, como ocurre en determinadas demostraciones matemáticas. Por el contrario, de lo que se trata es de rendir cuentas de lo que se observa a través de las propiedades de lo que se imagina” (…)

Es decir, sitúa también él la intuición en la más profunda raíz de lo científico, pero, eso sí, a partir de unos hechos que son sorpresivos: “La ciencia en estado de gestación (cuando se está haciendo) presenta dos aspectos: lo que se podría llamar ciencia diurna (que quizás es lo que nosotros tendemos a entender como ciencia) y la ciencia nocturna. La ciencia diurna pone en juego unos razonamientos articulados como engranajes, unos resultados que presentan la fuerza de la certidumbre… todo está probado, todo está clasificado. La ciencia nocturna, en cambio, vaga a ciegas. Duda, tropieza, retrocede, suda, se despierta sobresaltada… Es una especie de taller de lo posible. Nada hay que permita afirmar que la hipótesis que acaba de surgir superará su forma primitiva del esbozo burdo para irse afinando, perfeccionando. Si resistirá la prueba lógica. Si podrá acceder a la diurna”.

Resulta hermoso ver ese esfuerzo de la ciencia nocturna por llegar a ver la luz diurna. Tanto como ver que esa ciencia diurna conserva algún rescoldo de su nocturnidad que hace de la ciencia un arte. Por eso de algún modo cabe la reconciliación de la investigación en arquitectura con lo científico entendiendo lo escrito por Jacob.

El método científico es también un método iterativo y, como tal, es susceptible de verificación y validación en su propio proceso. Y viene a la mente, a este respecto de los procesos de investigación en campos no precisamente científicos, un proceso de ciencia nocturna en otro ámbito que aporta la otra cara de la moneda de las metodologías de investigación aplicables, o al menos hermanas, a la arquitectura

Auguste Rodin, famoso por las esculturas de El beso o El pensador, fue sobre todo una figura que, de algún modo, renovó su arte, y también que vivió en un momento en que la ciencia estaba en pleno proceso de desarrollo de lo que conocemos como ciencia positiva en el siglo XIX. Es decir, que el clima cultural en que Rodin vive está impregnado de filósofos, científicos y de descubrimientos que se dan gracias a una metodología que incluso él considera envidiable.

Rodin recibe el encargo de hacer el retrato de Balzac para celebrar el centenario de su nacimiento casi a punto de cumplirse esa fecha. Sin embargo, lo desarrolló aproximadamente durante siete años. Rodin que, como es bien sabido, era un escultor especialmente dotado para su oficio -algunos críticos dicen que no tanto como tallador pero sí con el modelado de la arcilla- y que era capaz de producir una escultura en una noche o en un par de días, para el retrato de Balzar tardó siete años. Y no precisamente por una repentina torpeza o por dudas sobre su capacidad sino por ese especial clima en que se estaba desarrollando la ciencia y que sentía como necesario incorporar a la escultura.

Tarda ese tiempo porque sabe que no le basta con la simple habilidad, porque sabe que tiene que hacer algo más allá de lo que haría gracias a su pura habilidad. Para ello reconstruyó, como un científico forense, todos los datos que pudo sobre Balzac. Descubrió un sastre que aún conservaba las medidas del cuerpo de Balzac y, pensando que era importante tener para su obra esas medidas, le encargó un traje. No se detuvo ahí, obsesivamente recorrió la región de Turenne, de donde procedía Balzac, en busca de fisionomías parecidas a la del escritor, e hizo una suerte de estudio fisiológico. Realizó incluso cerca de veinte estudios de desnudos y de retratos, para una obra final que no es un desnudo ni un retrato.

Se obligó a sí mismo a comprender la estructura de la obra hasta sus raíces y con una nueva metodología. Y finalmente hasta llegó a encargar al sastre de Balzac que le hiciese una bata con las medias del escritor, y que recubrió de yeso para hacer la escultura. Es decir, Rodin impregnado de una deseada metodología científica inventó un procedimiento para hacer su obra. Lo que es importante es que en el fondo no era para él una cuestión de si Balzac era más alto o bajo o grueso, sino de idear unos procedimientos técnicos para llegar a esa forma.

Es sabido que finalmente el retrato presentado por Rodin no tuvo buena acogida. Se montó un considerable escándalo y su autor recibió más insultos que alabanzas. Pero se revolucionó la metodología en que se produjo la escultura en adelante. Una vez concluido el encargo el mismo Rodin siguió años con el trabajo y continuó haciendo retratos y perfeccionándolos, sucesivamente. El motor científico resulta, curiosamente, tan insatisfecho consigo mismo como el artístico.

Aquella metodología de investigación se encuentra en muchos de los trabajos que se ha tenido ocasión de contemplar estos días de congreso. Entre el esfuerzo por hacer de la arquitectura una ciencia positiva, estudiada como una técnica capaz de producir una transferencia de conocimiento a la sociedad, no necesariamente entendido esto desde un punto de vista de rendimiento económico, y la arquitectura como un arte que da razones de su necesidad, debe ser cada vez más sencillo explicar el especial rigor de su forma de trabajo.

Hemos debatido sobre si es posible entender el proyecto como una investigación, con sus propias reglas, incluso del dibujo como una herramienta propia. Y en este sentido cabe preguntarse si no es acaso el proceso iterativo, con sus pruebas y errores sucesivos, que se producen en el trascurrir del proceso de proyecto, algo cercano al de la investigación científica convencional.

Lo que parece claro es que en el futuro el entender la investigación en la arquitectura será una cuestión cada vez menos solitaria. El investigador desconectado de grupos de investigación es ya mismo una situación tan irreal como improductiva. Resulta impensable querer hacer una tesis sobre genética sin sentir la influencia de las universidades de Stanford o Massachussets, o una en astrofísica sin estar al tanto de lo que sucede en la órbita de las universidades John Hopkins o Berkeley, donde imparten docencia los últimos premios Nobel. Y, sin embargo, en arquitectura, ¿desarrolla cada investigador y doctorando su trabajo dentro de líneas de investigación con un nivel de concreción, medios o especialización semejante? Hoy por hoy, sobra la respuesta.

Por otro lado, el mercado de la investigación, entendiendo esto como el circuito de las publicaciones, las acreditaciones e, incluso, el barullo en que docencia e investigación se han entremezclado en los últimos tiempos, no permite imaginar un futuro donde el docente universitario pueda darse el lujo de no entrar en su rueda. No obstante, y como nos recordaba George Steiner, toda la hojarasca investigadora solo será inútil si  consigue, con su calidad y forma, superar, o cuanto menos igualar, al objeto investigado: “la masa de libros y ensayos críticos, artículos de investigación, actas y tesis que se producen al año en Europa y Estados Unidos tienen el peso ciego de un tsunami.(…) Sólo en el campo de la literatura moderna, se calcula que en las universidades soviéticas y occidentales se registran unas treinta mil tesis doctorales al año. (…) Nuestro Bizancio son las universidades, los institutos de investigación y las editoriales universitarias”[1].

El riesgo de bizantinismo del discurso secundario y prescindible está tan presente como las oportunidades para que, entre tanto estudio, la disciplina de la arquitectura sea capaz de ver florecer auténtica erudición y talento investigador antes que meros bosques de hojas indexadas en cuartiles elevados e inaccesibles.

Se ha visto en estas jornadas como la investigación en arquitectura debe aspirar, por su especial naturaleza, a una doble condición, tanto académica como creativa. Sin el necesario rigor la investigación se verá en la tesitura de no ser más que un extraño poema, una curiosa recopilación, una reseña ilustrada o, en el peor de los casos, algo ilegible y amenazadoramente prolijo que no será publicado en ninguna revista con índice de impacto. Por otro lado, sin una necesaria dosis de creatividad, sin la imprescindible aportación personal, no será más que un catálogo o el vacío comentario de un comentario. “Por cruel que parezca, la crítica estética merece ser tenida en cuenta sólo, o principalmente, cuando es de una maestría de la forma responsable comparable a su objeto”[2]

A esta exigencia, inmisericorde pero obligada, de Steiner cabría contraponer lo específico y diferencial que supone una investigación en el campo de la Arquitectura. ¿Cabría decir que las mejores investigaciones de proyectos de Arquitectura son proyectos de Arquitectura en sí mismos? ¿Cabría como investigación una honesta y simple declaración de sus autores sobre su forma de proyectar? ¿Pertenecen investigaciones y tesis al mismo género literario que las autobiografías?… O algo de más amplitud aún, ¿es un proyecto de Arquitectura una investigación en sí mismo?

Estas preguntas quedan pendientes para la segunda edición del Congreso redfundamentos.

[1] STEINER, George, Presencias Reales, Ed. Destino, Barcelona, 2001, (Ed. Or. 1989), pp. 41-47

[2] Op, Cit. STEINER, pp.29. Poco más adelante decía, “el dominio bizantino del discurso secundario y parasitario sobre la inmediatez, de lo crítico sobre lo creativo, constituye, en si mismo un síntoma. Un ávido deseo de interposición, de mediación explicativo-valorativa entre nosotros y lo primario, impregna nuestra condición. Citando la burlona distinción de Byron, preferimos los críticos a los bardos; o, más bien, cultivamos los bardos que son más reseñables, los que `pueden ser enseñados´” pp. 58